Ad Gentes, 20 y 27 (sp)

DECRETO AD GENTES, 7-XII-1965, AAS 58 (1966), pp. 947-990 [970-972; 978-979]

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CAPÍTULO III

LAS IGLESIAS PARTICULARES

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ACTIVIDAD MISIONAL DE LAS IGLESIAS PARTICULARES

20. Como la iglesia particular debe representar lo mejor que pueda a la Iglesia universal, conozca muy bien que ha sido enviada también a aquellos que no creen en Cristo y que viven con ella en el mismo territorio, para servirles de orientación hacia Cristo con el testimonio de la vida de cada uno de los fieles y de toda la comunidad.

Se requiere, además, el ministerio de la palabra, para que el Evangelio llegue a todos. El obispo, en primer lugar, debe ser el heraldo de la fe que lleve nuevos discípulos a Cristo[3]. Para cumplir debidamente este sublime cargo, conozca íntegramente las condiciones de su grey y las íntimas opiniones de sus conciudadanos acerca de Dios, advirtiendo también cuidadosamente los cambios que han introducido las urbanizaciones, las migraciones y el indiferentismo religioso.

Emprendan fervorosamente los sacerdotes nativos la obra de la evangelización en las iglesias jóvenes, trabajando a una con los misioneros extranjeros, con los que forman un presbiterio aunado bajo la autoridad del obispo, no sólo para apacentar a los fieles y celebrar el culto divino, sino también para predicar el Evangelio a los infieles. Estén dispuestos y, cuando se presente la ocasión, ofrézcanse con valentía a su obispo para emprender la obra misionera en las regiones apartadas o abandonadas de la propia diócesis o en otras.

Inflámense en el mismo celo los religiosos y religiosas e incluso los seglares para con sus conciudadanos, sobre todo los más pobres.

Preocúpense las Conferencias Episcopales de que en tiempos determinados se establezcan cursos de renovación bíblica, teológica, espiritual y pastoral, para que el clero entre las variaciones y cambios de las cosas adquiera un conocimiento más completo de la teología y de los métodos pastorales.

Por lo demás, obsérvese reverentemente todo lo que ha establecido este Concilio, sobre todo en el decreto del ministerio y de la vida de los presbíteros.

Para llevar a cabo esta obra misional de la iglesia particular se requieren ministros idóneos, que hay que preparar a su tiempo de un modo conveniente a las condiciones de cada iglesia. Pero como los hombres tienden, cada vez más, a reunirse en grupos, es muy importante que las Conferencias Episcopales establezcan las normas comunes para entablar diálogo con estos grupos. Y si en algunas regiones se hallan grupos de hombres que se resisten a abrazar la fe católica porque no pueden acomodarse a la forma especial que haya tomado allí la Iglesia, se desea que se atienda especialmente a aquella situación[4], hasta que puedan juntarse en una comunidad todos los cristianos. Cada obispo llame a su diócesis a los misioneros que la Sede Apostólica pueda tener preparados para este fin, o recíbalos de buen grado y promueva eficazmente sus empresas.

Para que este celo misional florezca entre los nativos del lugar es muy conveniente que las iglesias jóvenes participen cuanto antes activamente en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellos misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero. Porque la comunión con la Iglesia universal se completará de alguna forma, cuando también ellas participen activamente en el esfuerzo misional para con otros pueblos.

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CAPÍTULO IV
LOS MISIONEROS

INSTITUTOS QUE TRABAJAN EN LAS MISIONES

27. Aunque todo esto es enteramente necesario para cada uno de los misioneros, sin embargo es difícil que puedan conseguirlo aisladamente. No pudiéndose satisfacer la obra misional individualmente, como demuestra la experiencia, la vocación común congregó a los individuos en Institutos, en los que, reunidas las fuerzas, se formasen convenientemente y cumpliesen esa obra en nombre de la Iglesia y a disposición de la autoridad jerárquica. Estos Institutos sobrellevaron desde hace muchos siglos el peso del día y del calor, entregados a la obra misional ya enteramente, ya sólo en parte. Muchas veces la Santa Sede les confió la evangelización de vastos territorios en que reunieron un pueblo nuevo para Dios, una iglesia local unida a sus pastores. Fundadas las iglesias con su sudor y a veces con su sangre, servirán con celo y experiencia, en fraterna cooperación, o ejerciendo la cura de almas, o cumpliendo cargos especiales para el bien común.

A veces asumirán algunos trabajos más urgentes en todo el ámbito de alguna región; por ejemplo, la evangelización de grupos o de pueblos que quizá no recibieron el mensaje del Evangelio por razones especiales, o lo rechazaron hasta el momento[28].

Si es necesario, estén dispuestos a formar y ayudar con su experiencia a los que se ofrecen por tiempo determinado a la labor misional.

Por estas causas y porque aún hay que llevar muchas gentes a Cristo, continúan siendo muy necesarios los Institutos.

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3 Cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, n. 25.

4 Cf. Conc. Vat. II, Decr. De Ministerio et vita Presbyterorum, n. 10, donde se prevé el establecimiento de Prelaturas personales, en cuanto lo exigiere el motivo de ejercer rectamente el apostolado, para facilitar las empresas pastorales peculiares de los diversos grupos

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28 Cf. Conc. Vat. II, Decr. De ministerio et vita Presbyterorum, n. 10, en que se habla de diócesis y prelaturas personales y otros temas semejantes.

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